De Siria a Idomeni: los caminos de la infamia

29 Abril 2016
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Las aberrantes condiciones que los refugiados hacinados en el campamento griego de Idomeni han de soportar son un triste recordatorio de los peores tiempos de Europa, aquellos en que los hombres se dedicaron a exterminar a un pueblo entero simplemente porque podían. Ahora las quejas se producen porque Europa pudiendo ayudar, no quiere hacerlo. Es cierto que no es la causante primera de su desgracia, a diferencia de lo sucedido con el pueblo judío, pero sí que se le recrimina no querer aceptar a los cientos de miles, pronto millones, de sirios, afganos, iraquíes y demás desesperados que, a través de Turquía, intentan alcanzar el paraíso comunitario.

Los que así se avergüenzan de su europeidad olvidan selectivamente que la ignominia europea es de origen, es decir, su omisión no es nueva, sino que se remonta a los orígenes mismos del conflicto sirio. Como trataré de demostrar en el presente trabajo, la crisis de los refugiados es el síntoma del verdadero problema, el que de verdad habría que haber atajado en su momento y no quisimos hacerlo, y que de continuar no hará más que intensificar el tránsito migratorio y agravar las dificultades internas europeas. Por supuesto, estoy hablando de lo que empezó siendo la guerra civil siria y ha acabado en un «conflicto glocal», es decir, un enfrentamiento con causas locales pero que genera repercusiones globales.

La infamia, por tanto, no se reduce a Idomeni ni corresponde en exclusiva a los líderes europeos, sino que existen varias infamias en este complejo conflicto, desde la inicial de la represión de al Asad a la cometida por el DAESH con sus crímenes, pasando por la que, sirviéndose de la estafa ideológica y una conciencia falsa, culpa a los europeos del sufrimiento sirio sin poner sobre la mesa solución alguna a su desgracia.

Angola, Somalia, Libia, Siria, el patrón del que somos incapaces de deshacernos

Hay dos tipos de conflicto a los que Occidente no ha sabido enfrentarse por no amenazar ninguno de ellos directamente a sus intereses vitales, las guerras interpuestas (proxy wars), tan típicas de la Guerra Fría, y lo que Mary Kaldor denominó «nuevas guerras», tipología que en Siria se ha fusionado para crear un «conflicto glocal». Por tanto, la degeneración del caso sirio podrá comprenderse mejor si repasamos someramente tres experiencias anteriores.

Angola, escenario vital de Guerra Fría: Cuba, Unión Soviética, China, Estados Unidos, Zaire y Sudáfrica, todos estos países se valieron de la inestabilidad interna de Angola para proyectar externamente su influencia. Las guerrillas angoleñas UNITA, FNLA y MPLA lucharon en un principio contra el ejército portugués por la independencia, pero una vez conseguida en noviembre de 1975, se enfrentaron entre sí en una guerra civil que duró más de 25 años, en letra muerta habían quedado los acuerdos de Alvor para una transición pacífica y el reparto del poder. Aunque el MPLA (ayudado por la URSS y soldados cubanos) fue el aparente ganador de la lucha interna desde febrero de 1976, la resistencia de los otros dos grupos, junto a la ayuda e intervención de terceros países, hicieron imposible la convivencia interna. Tras la invasión sudafricana del sur del país, el conflicto se recrudeció desde 1993, no dándose por finalizado hasta 2002, merced a los acuerdos de Lusaka. Angola, que en su independencia era el sexto proveedor de diamantes y tercer productor de crudo africano, contaba con una población que rozaba los seis millones y medio de habitantes, de los cuales más de medio millón perecería en el conflicto, y millones de ellos se verían desplazados por los combates. El poder, ya fuera para dirigir al país o para no ceder terreno en la Guerra Fría, fue la principal preocupación de los responsables internos y externos de la guerra, convirtiendo a los angoleños en las víctimas de su particular juego de tronos.

Somalia, el entierro de la vía Bush: la Administración Bush soñó con un mundo de Posguerra Fría bajo un Nuevo Orden Mundial, donde la acción concertada a través de Naciones Unidas haría por fin posible la convivencia pacífica de todos los pueblos. Somalia, tras vivir su enésima crisis alimentaria, se convirtió en el caso ideal para demostrar el poder de la cooperación internacional, máxime con el recuerdo aún fresco del éxito en Irak, donde la alianza internacional había liberado a Kuwait de las garras de Sadam Husein. La intervención en Somalia la heredó su sucesor en la Casa Blanca, Bill Clinton, que imbuido de un espíritu humanitario vio con buenos ojos la utilización de la fuerza estadounidense en pro de los derechos humanos. Pero Somalia no era un escenario convencional, en el país, y en especial en su capital, Mogadiscio, el poder no solo lo ejercía el débil Estado somalí, sino que era disputado por numerosos señores de la guerra, algunos bajo la coartada de la religión. Lo que en un principio fue una misión para asegurar que la ayuda internacional llegase efectivamente a los necesitados y no se la quedasen esos señores de la guerra (Operación proveer alivio), pronto se convirtió en una operación de reconstrucción nacional a través del aseguramiento de las rutas de abastecimiento (Operación restaurar esperanza), para acabar convertida en una misión de caza y captura de uno de ellos, Mohamed Aidid. Con 37.000 cascos azules de 21 países liderados por Estados Unidos, Aidid atacó a las fuerzas internacionales matando a 24 soldados pakistaníes, lo que condujo a la operación para su detención, iniciada por fuerzas especiales estadounidenses el 3 de octubre de 1993. Lo que debía ser un asalto de unos minutos acabó siendo la primera batalla asimétrica contemporánea en ambiente urbano, una pesadilla para los militares estadounidenses que duró dos días y les causó 18 bajas, por cientos de de las milicias somalíes muertos en nombre de Alá. Los marines que habían desembarcado en las playas somalíes bajo las luces de los focos, dejaron Somalia en marzo de 1994 entre fuertes críticas a la Administración Clinton. El imperialismo humanitario quedó herido de muerte.

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