Los jesuitas: desde el fascismo hasta el Papa Francisco

19 Marzo 2017
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“Yo nunca he sido de derechas”

                                                                  El Papa Francisco (declaraciones a la prensa, Roma, 2013)

                                                                                        “El Papa y yo estamos en la misma barricada”

                                                          Pablo Iglesias, líder de Podemos (en Vanity Fair, Madrid, 2014)

               “El Pontífice es un jesuita, y yo, en cierto modo, también. Estudié en escuelas jesuitas”

                         Raúl Castro, dictador comunista de Cuba (declaraciones a la prensa, Roma, 2015)

                                                                                                                  

Mi amigo el doctor J. S. de St. Cloud (Minnesota), católico tradicional y gran estudioso de la Biblia, no dejó de sorprenderme cuando a propósito de la elección del Papa Francisco me comentó medio en broma que los Jesuitas, históricamente la compañía religioso-política y guardia pretoriana del Papado, finalmente habían dado un golpe de Estado en el Vaticano colocando a uno de ellos –el cardenal Jorge Mario Bergoglio- en el poder supremo de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Inmediatamente recordé que en la España de Carlos III, a raíz del motín de Esquilache, también se les acusó de intentar un golpe de Estado para colocar a un rey más manejable para los intereses de la Compañía.

El comentario del doctor J. S. me incitó a reflexionar sobre un fenómeno político paradójico  al que vengo dándole vueltas y sobre el que algún día espero publicar un largo ensayo. Me refiero a un, digámoslo así, “dirty little secret” de las izquierdas en la historia de las ideologías políticas contemporáneas, que puede describirse así: el fascismo ha impregnado a todas las ideologías, partidos y movimientos progresistas de los siglos XX y XXI. La paradójica evolución de los Jesuitas desde los años veinte del pasado siglo hasta el presente es un ejemplo perfecto de este peculiar fenómeno.

La Compañía de Jesús siempre ha sido, pese a los orígenes y trayectorias brillantes con su fundador Ignacio de Loyola y las grandes figuras religiosas e intelectuales del Renacimiento y Siglo de Oro (los españoles Francisco Javier, Francisco de Borja, Pedro Claver, Diego Laínez, Pedro de Ribadeneyra, Francisco Suárez, Juan de Mariana, Baltasar Gracián, etc.; los extranjeros Luigi Gonzaga, Stanislaus Kotska, Claudio  Acquaviva, Roberto Bellarmino, Peter Canisius, Matteo Ricci, etc.) una orden religiosa polémica, especialmente a partir de la Ilustración. No solo sus enemigos los Borbones y los masones en Portugal (Marqués de Pombal) y en España (el Conde de Aranda), sino también liberal-conservadores sin pertenencia a las sociedades secretas (el ejemplar, moderado y gran patriota Conde de Floridablanca) apoyaron su prohibición y expulsión de los territorios de la Corona española, e incluso persuadieron al Papa Clemente XIV que disolviera la misma orden. Don José Moñino, como embajador plenipotenciario gestionó con éxito esta acción en Roma, y en el mismo año de 1773 el Rey Carlos III le concedió el título nobiliario de primer Conde de Floridablanca.

La moderna historiografía de la Compañía de Jesús se debe principalmente a autores jesuitas, y en primer lugar hay que destacar la voluminosa obra del padre Pietro Tacchi-Venturi (Storia della Compagnia di Gesù in Italia, 2 vols., Roma, 1910 y 1951), primer  historiador oficial en el siglo XX, personaje especialmente relevante para el tema que nos ocupa. Otros autores asimismo jesuitas resultan aquí irrelevantes por tratarse de historiografía para consumo interno, regional o provincial, y carente de una metodología o enfoque críticos: J. Brucker (1919), F. de Dainville (1940), J. Becker (1992), B. Biever & T. Gannon (5 vols., 1969), J. De Guibert (1964), T. Faase (1976), G. Garragham (1938); especialmente, por Varios Autores, Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús (4 vols.,Madrid, 2001), etc. La obra más recomendable, por su metodología, es la de John W. O´Malley, S. J. The Jesuits: A History from Ignatius to the Present (2014).

Entre los seglares merecen citarse Alain Guillermou, Les Jèsuites (1963), C. Hollis, The Jesuits: A History (1968), J. H. C. Aveling, The Jesuits (1982), James Hitchcock, The Pope and the Jesuits (1984), Jean Lacouture, Jèsuites (2 vols., 1993), y Giuseppe De Rosa, Gesuiti (2006), pero sobre todo hay que referirse al clérigo ex jesuita, profundo conocedor y crítico de la Compañía, Malachi Martin, The Jesuits. The Society of Jesus and the Betrayal of the Roman Catholic Church (New York, 1987), cuya obra fue muy elogiada en su momento por la crítica liberal-conservadora norteamericana (The Wall Street Journal, National Review, Commentary…). En una línea similar y asimismo crítica debe mencionarse también a Ricardo de la Cierva, Jesuitas, Iglesia y Marxismo, 1965-1985: la teología de la liberación desenmascarada (Barcelona, 1986). Y una línea opuesta a la de M. Martin, véase el libro reciente de otro ex jesuita, en cuyo subtitulo lo explica: Robert Blair Kaiser, Inside the Jesuits. How Pope Francis is changing the Church and the World (New York-London, 2014).

Hace dos años el historiador estadounidense David I. Kertzer publicaba su libro The Pope and Mussolini. The Secret History of Pius XI and the Rise of Fascism in Europe (Random House, New York, 2014), en el que por primera vez se investigan y analizan a fondo y en detalle las relaciones entre el Vaticano y el régimen fascista de Italia, asunto en el que aparece destacada la personalidad del antes mencionado Pietro Tacchi Venturi, S. J., así como información poco conocida hasta ahora sobre la clara empatía/simpatía de los jesuitas con el Fascismo. Aunque estoy de acuerdo con la crítica que el rabino David G. Dalin (The Myth of Hitler´s Pope, Regnery, Washington DC, 2005) ha hecho a Kertzer y otros investigadores progresistas sobre la figura histórica de Pío XII, exagerando su “anti-semitismo” (Hochhuth, Lewy, Friedlander, Cornwell, Wills, Carroll…), en su último libro el historiador de la Brown University aporta investigaciones serias, como decía, acerca de las relaciones concretas entre los jesuitas y el Fascismo que merecen tenerse en cuenta.

Por otra parte, el autor dramático Rolf Hochhuth llevó a cabo una investigación histórica que publicaría como apéndice a su famosa obra, Der Stellvertreter (versión en inglés: The Deputy, Grove Press, New York, 1964; apéndice con el título “Sidelights on History”), en el que aparte de otras conclusiones cuestionables, tienen un valor objetivo los datos que proporcionan algunas de sus entrevistas e investigaciones, por ejemplo las relativas a la admiración total por los Jesuitas del siniestro líder de las SS, Heinrich Himmler. Concretamente el autor cita a uno de los jefes de la inteligencia nazi y estrecho colaborador de Himmler, Walter Schellenberg: “Himmler poseía una extraordinariamente extensa y excelente biblioteca  sobre la Orden de los Jesuitas, y durante años estuvo hasta altas horas de la noche leyendo y estudiando tal literatura. Así construyó la organización de las SS, de acuerdo con los principios de los Jesuitas. Los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola sirvieron de fundamento; la suprema ley era la obediencia absoluta, la ejecución de cualquier orden sin cuestionarla. Himmler mismo, como Reichsführer de las SS, era el General de la Orden (…) Confiscó el castillo medieval de Wevelsburg  en Paderborn (Westphalia), y lo reparó  para que sirviera de Monasterio de la SS. Allí el General de la Orden presidiría un consistorio secreto anual con los máximos dirigentes de dicha Orden. En tal reunión practicaban ejercicios espirituales y de concentración” (ob. cit., pp. 309-310; W. Schellenberg, The Labyrinth, Harper, New York, 1956). 

Para ser completamente justos y ecuánimes, hay que subrayar que algunos jesuitas se comportaron heroicamente frente a la dictadura nazi en Alemania, y tuvieron un papel decisivo en la maraña de conspiraciones, infructuosas, para asesinar a Hitler, invocando las tradicionales teorías católicas legitimadoras del tiranicidio (entre otras, las de los jesuitas españoles Juan de Mariana y Martín Antón Del Río), como ha investigado recientemente Mark Riebling en su imprescindible y definitiva obra, Church of Spies. The Pope´s Secret War Against Hitler (Basic Books, New York, 2015), y asimismo la anterior de Vincent A. Lapomarda, The Jesuits and the Third Reich (E. Mellen, Lewinston, NY, 1989).

Siempre he mantenido una gran admiración por las doctrinas políticas de los jesuitas Francisco Suárez y Roberto Bellarmino, alentada por uno de mis maestros universitarios, don Antonio Truyol Serra. Sigo fascinado por la sutileza de la teoría democrática, el derecho de rebelión popular contra los tiranos, y el realismo del derecho internacional basado en los tratados entre Estados soberanos que defiende Suárez, y asimismo la profundidad del concepto del “poder indirecto” del Papa en la teología de Bellarmino. Ambos estaban muy alejados del denominado peyorativamente jesuitismo político, inspirado presunta y paradójicamente en el “maquiavelismo” anti-maquiavélico de la Compañía (por cierto, es memorable el anacronismo retórico del gran historiador de las ideas políticas G. H. Sabine cuando califica al pensamiento de Maquiavelo precisamente de “jesuitismo político”, casi treinta años antes de la fundación ignaciana).

Por el contrario, siempre he desconfiado de las tesis de colectivismo agrario y tiranicidas del historiador jesuita Juan de Mariana (por mucho que los libertarios “marianistas” del Instituto Juan de Mariana se empeñen en dar una interpretación diferente), que probablemente influyeron en los experimentos de las “reducciones” jesuíticas en Hispanoamérica  -auténticos regímenes colectivistas teocráticos impuestos a los indígenas- que han sido exaltados por los progresistas de todo los colores, a partir de obras artísticas como el drama teatral del austríaco Fritz Hochwälder Das Eillige Experiment (1941), traducido al español en los años cincuenta con el título Así en la Tierra como en el Cielo, o el guión cinematográfico de La Misión (1986) del prestigioso escritor británico Robert Bolt.

Cuando en el siglo XIX, paralelamente a las primeras formulaciones ideológicas del socialismo, un sacerdote católico de veleidades políticas hererodoxas, Antonio Rosmini-Serbati, publica  una obra en la que probablemente por primera vez propone y desarrolla el concepto de “Justicia Social” (La Constitutione secondo la Giustizia Sociale, Milano, 1848), los jesuitas la condenan, como lo harán con todas las obras y doctrinas modernas democráticas y socialistas, en el espíritu de lo que poco después representará el Syllabus de Pío IX. Sin embargo, por paradójico que parezca, hacia la mitad del siglo XX la Compañía de Jesús las asumirá. Si Rosmini-Serbati tuvo una cierta influencia en el Fabianismo británico, los jesuitas modernos buscarán una inspiración más radical en el marxismo, aunque sigan invocando el ideal de una “Justicia Social”.

Sobre la vacuidad del concepto de “Justicia Social”, es oportuno el aforismo de Confucio que Friedrich Hayek cita en su último libro, encabezado el capítulo séptimo titulado “Our poisoned language”: “Cuando las palabras pierden su significado la gente pierde su libertad” (The Fatal Conceit. The Errors of Socialism, Chicago, 1988, página 106). En una forma muy orwelliana la adjetivación desvirtúa el significado original y genuino de la palabra Justicia, de manera similar a lo que ocurre con las expresiones “Estado social” o “democracia social” respecto a las palabras Estado o democracia.

Un caso que ilustra pefectamente la transición de los jesuitas del socialfascismo al socialcomunismo es el de Fidel Castro. Durante sus años de estudiante preuniversitario en el elitista Colegio de Belén en la Habana, regentado por la Compañía de Jesús, tuvo como profesor al jesuita español Alberto de Castro, gran admirador de José Antonio Primo de Rivera, cuya doctrina falangista y concepción de la “Justicia Social”, junto al “justicialismo” peronista, parece que cautivaron al futuro líder revolucionario cubano. Tad Szulc lo relata en su conocida biografía Fidel: A Critical Portrait (New York, 1986), y yo mismo lo pude comprobar conversando en los años ochenta con el padre Alberto de Castro, ya jubilado y residiendo en Madrid.

Fidel Castro, de ancestros gallegos, tuvo asimismo una peculiar deferencia hacia otro ilustre gallego, el dictador Francisco Franco (quien a su vez asumiría los principios católicos y joseantonianos de la “Justicia Social”) hasta el punto de que con motivo de su muerte en 1975 –dato poco conocido-  decretó luto oficial en Cuba.   

Otro caso parecido, mutatis mutandis, es el del jesuita español –a mi juicio un tanto siniestro y manipulador-  José María de Llanos (el “Padre Llanos”), capellán del Frente de Juventudes de la Falange Española y confesor del general Franco, que a partir de los años sesenta evolucionó, en virtud de su adhesión al “diálogo cristiano-marxista” y a una temprana versión de la “teología de la liberación”, convirtiéndose en “cura obrero” adscrito sucesivamente a Comisiones Obreras y el Partido Comunista Español. Líder de un grupo de militares con inquietudes nacionalistas y sociales de tipo neofascista, Forja, entre los que destacarían algunos golpistas del 23-F (J. Palacios, 23-F: el golpe del CESID, Planeta, Barcelona, 2001, páginas 79-80), parece que en sus últimos años fue consejero religioso y confesor de Dolores Ibarruri, “La Pasionaria”. No hace mucho el genial veleta político ex falangista y ex comunista (pero siempre “progre”) Fernando Sánchez Dragó admitió que el Padre Llanos, desde el más allá, era su consejero espiritual en su particular “consejo en el estado de duermevela”. Aparte del caso Llanos, Ricardo de las Heras nos ha proporcionado toda una miríada de antiguos fascistas, falangistas o franquistas que han evolucionado hacia las izquierdas “rojas”, en la que incluye a otro cura jesuita marxista, Díaz Alegría (véase R. de las Heras, “Los azules que se hicieron rojos”, en J. J. Esparza, ed., El Libro negro de la izquierda española, Chronica, Barcelona, 2011, páginas 313-341). En este contexto habría que situar y comprender la actual fascinación de todos los izquierdistas  -los progresistas de todos los partidos, y no solo en España- con el nuevo Papa Francisco, el jesuita Bergoglio.

Malachi Martin sostiene, aunque es una opinión con pocas pruebas suficientemente documentadas, que los Papas Pío XI y Juan Pablo I murieron envenenados. En ambos casos  (evidentemente esto no lo dice claramente Martin pero se ha insinuado por distintos autores), fueron pontífices que habían tomado decisiones dramáticas contra el parecer o los intereses de la Compañía de Jesús: Pío XI había decidido una confrontación final con el Fascismo por su deriva racista, anti-semita, en sintonía con el Nazismo, algo que los jesuitas, con su padre General  Wlodimir Ledochoki y el influyente padre Pietro Tachi-Venturi consideraban un error político de Pío XI. Juan Pablo I, al parecer, estaba estudiando la posibilidad de decretar la suspensión o disolución de la propia Compañía, por los informes que su antecesor Pablo VI le había dejado en herencia acerca de sus fuertes enfrentamientos con el padre General Pedro Arrupe y las derivas ideológicas e insubordinación de los adeptos a la Teología de la Liberación.

No podemos, por otra parte, ignorar las informaciones múltiples hoy conocidas que relacionan a la Teología de la Liberación con una estrategia urdida en los laboratorios de propaganda ideológica de la KGB, confirmadas en memorias diversas y análisis del modus operandi por desertores de más alto rango en los servicios de inteligencia soviéticos (Anatoly Solitsyn, Ion Pacepa, Oleg Gordievsky, Vasili Mitrokhin, etc.) y las investigaciones realizadas por historiadores profesionales en los archivos de la antigua URSS y en documentación desclasificada de programas u operaciones especiales de espionaje/inteligencia anti-comunista (VENONA, SOLO…).

En dos ensayos míos firmados con el pseudónimo Joaquín Martínez de la Rosa, a los que me remito (“El  Capitalismo del Siglo XXI, según el Papa Francisco y Thomas Piketty” y “Spotlight”, ambos publicados en Kosmos-Polis, 2014 y 2015, respectivamente), proporcionaba información significativa y poco edificante  -sobre el cáncer de la pederastia en el Vaticano-  del “Rasputín de Mussolini”, el influyente padre jesuita Pietro Tacchi-Venturi, y asimismo análisis puntual del documento pontificio del Papa Francisco Evangelii Gaudium (2013),  abiertamente crítico del capitalismo y del libre mercado, en perfecta sintonía con los puntos de vista estatistas del populismo latinoamericano y del denominado Socialismo del Siglo XXI.

Las últimas ocurrencias –por decirlo suavemente- del Papa Francisco han sido declarar  “urbi et orbi” que el objeto de las empresas no es obtener beneficios, que el peor terrorismo es el económico del capitalismo. Asimismo ha tenido palabras amables para el comunismo (Federico Jiménez Losantos, “El Papa está loco…”, Libertad Digital, 1-12-2016) o comprensivas para el aborto y la comunión de los divorciados (Ángel Villarino, “Católicos contra el Papa…”, El Confidencial, 4-12-2016). No es extraño que muy recientemente en The Wall Street Journal  Francis X. Rocca le dedicara un largo artículo titulado “The Leader of The Global Left. A like-minded Pope draws the support of progressives”, en el que destaca su pasado de simpatizante de la Teología de la Liberación y la Teología del Pueblo”, como consecuencia biográficamente relevante del apoyo personal y familiar de Begoglio al peronismo argentino y su política de “Justicia Social”, aunque destaca el autor con un punto de ironía que, si bien el Papa criticó a Donald Trump de “no ser cristiano” por proponer levantar un muro en la frontera con Méjico, en las elecciones presidenciales del pasado 8 de Noviembre más de la mitad de los electores católicos eligieron a Trump (TWSJ, New York, December 24-25, 2016, p. C3).

Leo también en varios periódicos que el dirigente comunista de Podemos, Pablo Iglesias, se deshace en elogios al Papa Francisco y al Padre Ángel. Es un buen indicador para no fiarnos de ciertos personajes.

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