Fueron los moros, no los bárbaros

05 Mayo 2014
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Reescribiendo la Historia:De cómo el islam no sólo no contribuyó al traspaso del legado del Mundo Clásico al Occidente Católico sino que fueron los moros la principal causa de la penuria material y la parquedad cultural que se abatió sobre el Imperio Romano de Occidente y, en menor aunque también considerable medida, en Bizancio. Y, esto es lo importante, ello ocurrió siglo y medio después de que la 'Invasión de los Bárbaros' se hubiera consumado. Desde los tiempos del Renacimiento, los escolásticos primero y los académicos de la Historia y la Cultura siempre después, se han preguntado cómo, tras la invasión de los bárbaros del siglo V, pudo haber ocurrido la horrenda desaparición del legado del Mundo Clásico en el seno de las sociedades latinizadas, es decir, el colapso allí de la cultura que empezó a forjarse un milenio atrás en Grecia y que, llegada a su cénit, recogida que fue por los victoriosos romanos, se propagó de natural manera en el ámbito de su Imperio, principalmente el Oeste y Norte de los dominios 'europeos' del mismo. La explicación al uso de semejante oscurecimiento ha venido siendo la harto conocida de que, inmediatamente tras la arrasadora llegada de los bárbaros, las gentes europeas volvieron a sus viejos hábitos semisalvajes y a sus rurales chozuelas de paredes de barro y techos de paja; de que las ciudades que milagrosamente se habían salvado de la quema, nunca mejor dicho, fueron abandonadas; de que se olvidó el arte de escribir y de que las masas revertieron al estado de ignorancia prerromana en virtud del oscurantismo emanante de una Iglesia fanatizada que remató el destructivo trabajo de los bárbaros. Los anglosajones dan cuenta cronológica de toda esta fenomenología histórica con el término "Dark Ages", la "Edad de la Oscuridad". Tal es la narrativa consagrada en monocorde repetición a lo largo de los siglos hasta nuestros días. Sin embargo, poco a poco, en los últimos cien años, una nueva visión historiográfica ha ido emergiendo para arrojar luz de la buena sobre la rosácea novela según la cual, a los dos siglos del derrumbe romano, los árabes llegaron al lúgubre escenario europeo portando la antorcha del saber científico y la cultura literaria. Tolerantes y cultos, se nos dice, trajeron consigo, para devolvérselo a los herederos de sus antiguos dueños, el conocimiento de la primordialmente filosófica ciencia grecorromana antigua; y que bajo esta benéfica y benévola influencia, los depauperados e ignaros cristianos comenzaron el largo camino de vuelta a la civilización. Tal es, escrita en una servilleta de papel, la narrativa histórica que aparece en casi todos los sesudos tratados y los libros de texto para general consumo en nuestro occidental mundo. Y esta es la historia aceptada sin rechistar por la mayoría de los eruditos europeos y americanos. Como botón de muestra, remito a quien esto lea a la conferencia pronunciada en Londres el pasado mes de abril (día 13 para ser exactos) por el doctor Peter Adamson, para más señas profesor de filosofía antigua y medieval en el King's College de aquella capital. El título de la misma me ahorrará entrar en su deleznable contenido: "Cómo los musulmanes salvaron nuestra civilización y cómo se hizo el traslado al árabe de los saberes griegos". Del propio título de este ensayo también se colige que hay quien piensa que, como tantas veces ocurre con lo que tiene que ver con los falsarios musulmanes y su comparsa occidental (ellos sabrán por qué lo hacen), la verdad dista mucho de esa sonrosada visión de amable facilitación de saberes. Todavía más: resulta difícil pensar que, como pasa con los fastuosos fallos de memoria de Zapatero en materia historicista, pudiese haberse inventado una narración que se apartase más de la verdad, en este caso, de lo que verdaderamente ocurrió en aquella época de tinieblas. Y es que, en realidad, digámoslo alto y claro, los 'terribles bárbaros' nada tuvieron que ver con la desaparición de la Civilización Clásica. Es un hecho demostrado que las grandes ciudades del Imperio, tanto del Este como del Oeste, continuaron floreciendo durante los siglos VI y VII, los inmediatos a la invasión de los hunos, francos, lombardos, suevos, vándalos, alanos, godos y demás ralea. Hoy se sabe a ciencia cierta que los "reyes bárbaros" fomentaron la ciencia y literatura grecorromanas y no tardaron mucho en romanizarse y cristianizarse ellos mismos, ahí está el caso de la España visigótica para demostrarlo. Acuñaron monedas de oro con la efigie del Emperador de Constantinopla y algunos de ellos orgullosamente se tenían por funcionarios imperiales. Como ya se ha dicho, las ciudades fundadas por los Césares continuaron prosperando y creciendo en tamaño. Sólo un siglo después de 'La Caída', nuevos brotes de civilización emergieron en los confines del viejo Imperio: Irlanda, Escocia y el Oriente germano. Las obras de Homero, Plutarco y Virgilio eran leídas y estudiadas desde Irlanda hasta las Islas Hébridas. Y la vida intelectual floreció en las principales ciudades de Europa: autores tales como Boecio y Casiodoro eran versados en lengua griega e hicieron sustanciales contribuciones de su propia cosecha a la cultura de su tiempo. El primero de los mencionados está considerado como una de las mentes más privilegiadas de aquel entonces y fue él quien primero acometió la tarea de reconciliar las filosofías aristotélica y platónica.Por lo que de oscuridad y oscurantismo, nada de nada. En cuanto a la segunda parte del mito, eso de que fueron los árabes islamizados quienes salvaron en nuestro favor la sabiduría del Mundo Clásico, resulta cuando menos sorprendente que, tal como parece, no reservaron para sí, no se quedaran, ni con un ápice de ella, refractarios que los muslimes siempre han sido a todo los que signifique ciencia. Y, como más, es una solemne mentira que en las líneas de este trabajo tratamos de desmontar. La cruda realidad es que, lejos de ser salvadores de nada que pueda significar ganancia para sus enemigos cristianos de entonces y de ahora, el islam ha significado siempre muerte y destrucción para el mundo de la Cruz. Veamos: es un hecho ya perfectamente elucidado (y poco a poco admitido por los historiadores serios) que el verdadero final de la Edad Clásica no tuvo lugar en los siglos V y VI sino en el VII, justamente después de la irrupción triunfal del islam en la escena geopolítica mundial, como se sabe entonces circunscrita a las dos riberas del Mediterráneo y algunos irrelevantes flecos al norte del mismo. En efecto, fue en el siglo VII cuando la Civilización Grecorromana se vino abajo y desapareció de la escena, principalmente en España y la ribera sur del Mediterráneo, inclusión hecha del recientemente conquistado Egipto (por los persas, a costa de Bizancio) y las colonias mesopotámico-bizantinas. En Europa, el islam acabó con la Cultura Clásica a través del bloqueo económico. En el Oriente Próximo y Norte de África, la acción destructiva resultó ser un acto político de deliberado. El primer intelectual que supo identificar las verdaderas causas de la desaparición de la Cultura Clásica del escenario post-romano fue el medievalista belga Henri Pirenne quien, en su obra póstuma De Mahoma a Carlomagno (1938), hizo saltar la chispa que encendió la antorcha de la verdad histórica bajo cuya luz escribimos este humilde trabajo. Pirenne demostró que fue la conquista de todo el meridión mediterráneo y el arrasamiento de las tierras del Oriente Próximo, allá en el primer tercio del siglo VII, el hecho que marca la transición del Mundo de la Antigüedad Clásica al Alto Medievo. El Mediterráneo, hasta entonces un mar comercial y vital arteria de comunicación, pasó a ser un hervidero de piratas y de tratantes de esclavos; y las grandes ciudades de España, la Galia e Italia, dependientes para su prosperidad del comercio mediterráneo comenzaron su lenta agonía. Nótese que el aludido virtual bloqueo marítimo no fue consecuencia de una guerra declarada, sino de la doctrina islámica de estar en guerra perpetua contra los infieles, lo que se tradujo en una miriada de pequeñas acciones y escaramuzas llevadas a cabo a título individual por 'empresarios' privados, en efecto piratas en nombre de Alá. En el citado De Mahoma a Carlomagno, Pirenne documentó la súbita desaparición de los artículos de lujo orientales, usuales hasta entonces en los puertos occidentales, tales como el vino sirio o las varias especies de las que dependían la conservación de los alimentos, éstas no necesariamente de lujo. También se vino abajo el mercado del oro. Pirenne descubrió que en la segunda mitad del siglo siete Europa experimentó un tremebundo e incesante empobrecimiento económico y cultural, un deterioro que además sucedió a una velocidad simplemente asombrosa. Las grandes ciudades de la Galia mueren al poco y, con ellas, inexorablemente, se fueron a pique los lucrativos impuestos tarifarios que sostenían las monarquía franca, la visigótica hispana y la de los ostrogodos itálicos. El inexorable resultado fue el advenimiento de los barones y 'señores de la guerra' locales y con ellos el debilitante orden feudal. Así y entonces empezó la Edad Media, la 'Dark Age' de los anglos. La desaparición de las ciudades romanas y con ellas la infraestructura económico-cultural del Mundo Clásico hubiera bastado para asestar un golpe mortal a la herencia cultural del Mundo Antiguo porque los cientos de miles de libros en latín y griego escritos por sus autores a lo largo de todo un milenio de incesante trajín, necesitaban para sobrevivir el tipo de sociedad que los había engendrado, esto es, una clase social de gentes adineradas, cultas y relativamente ociosas, aficionadas a la lectura, una clientela que hacía posible la creación artística y literaria. También se requería el apoyo desde el poder. Grandes bibliotecas y academias del tipo que florecieron en los distintos territorios del Imperio sólo podían subsistir teniendo detrás el apoyo económico, el patronazgo, en suma, de prefectos, virreyes y emperadores. Tal apoyo había venido siendo prestado, de manera generosa además, hasta la segunda mitad del siglo VII. Pero con la caída de los ingresos públicos y el declive de las ciudades, también decayó el patronazgo real de las artes y las ciencias y, por ende, las grandes bibliotecas comenzaron su agónica marcha hacia la extinción. Decíamos antes que hubiera bastado la acción de los piratas privados en el Mediterráneo para completar la destructiva obra... Y es que aún hay otro aspecto más dañino a contemplar en relación al bloqueo marítimo descrito y su impacto en la cultura de aquel tiempo. Henri Pirenne se apercibió de que uno de los productos orientales que desaparece en el occidente cristiano a mediados del siglos siete es el papiro. Hasta el primer cuarto del citado siglo, el papiro egipcio tenía ubicua presencia en los registros oficiales y los documentos del occidente europeo. Y he aquí que, en llegando la mitad del siglo, el papiro desaparece por completo, sustituido que fue por el pergamino. Nótese que éste es inmensamente más caro, razón por la que, ya de por sí, la citada pérdida resultó un hecho devastador para todo lo que significase libros y creación literaria. Pirenne se hizo cargo de esta situación, de ahí que atribuyese a la falta de papiro la categoría de hecho trascendente y desencadenante de todo lo que de negativo vino después en la Historia de la cultura 'europea-occidental' medieval. Se sabe que la gran mayoría de las obras del mundo clásico, de las cuales apenas un mísero 3 por ciento ha llegado a nosotros, habían sido escritas en papiro. En aquella lejana época existía una gran industria que empleaba un ejército de copistas para vender su producto a bibliotecas, academias y un escogido público lector. El papiro es más delicado que el pergamino y se desintegra al cabo de los siglos si no se conserva en archivos libres del mínimo rastro de humedad, limitación perfectamente superable si se tiene acceso a nuevas remesas de material sobre las que trasladar los textos en peligro, supuesto que existan clientes ricos dispuestos a rascarse el bolsillo. La desaparición de ambos elementos en el siglo siete supuso que, al menos en 'Europa', la vasta mayoría de los textos clásicos estaban condenados a desaparecer. Incluso los escritos en el resistente pergamino se solían perder cuando en siglos posteriores eran reutilizados una y otra vez para plasmar en ellos nuevos textos, previo borrado del anterior que se considerase menos interesante. La carestía de este soporte propiciaba frecuentes catástrofes del tipo aquí insinuado. La única institución que en el Occidente Católico podía salvar las obras de la Antigüedad era la Iglesia. Sabemos que en la coyuntura de la mitad de aquel siglo VII, muchos monasterios eran depositarios de grandes colecciones de autores paganos. Sin duda la mayor parte de la literatura griega y romana que ha sobrevivido hasta nuestro tiempo debe su suerte a la labor preservadora de los monjes de los siglos VI y VII. Tenemos el ejemplo de Alcuino, el gran políglota y teólogo de la corte de Carlomagno, y la mención que él hace de la biblioteca de York, explicando que en ella se guardaban obras de Aristóteles, Cicerón, Lucano, Plinio, Estatio, Trogus Pompeyo y Virgilio. En su correspondencia cita otros muchos grandes autores, tal como Ovidio, Horacio, y Terencio. El Abad del Monasterio de Fleury (finales del siglo X), demuestra en sus escritos tener gran familiaridad con Horacio, Salustio, Terencio y Virgilio. En el otro lado de aquel mundo, Desiderio, descrito como el más grande de los abades de Monte Casino después de San Benito, su fundador, y que llegó a la Cátedra de San Pedro bajo el nombre de Victor III (1086), supervisó la transcripción de Horacio y Séneca, también la del ciceroniano De Natura Deorum y el Fasti de Ovidio. Su amigo el arzobispo Alfano que, como él, había pasado por Monte Casino, poseía un profundo conocimiento de los antiguos y citaba con soltura a Cicerón, Aristóteles, Platón, Varro y Virgilio, además de imitar en sus propios versos a Ovidio y Horacio. Si dejar de valorar el esfuerzo copista y conservador de los monjes, preciso es entender las razones por las que la Iglesia no priorizaba la preservación del conocimiento profano. Pero es que incluso si hubiese dedicado mayores recursos a la transcripción desde el papiro al pergamino las grandes obras de los grecorromanos paganos, es dudoso que pudieran haberse salvado más obras de las que del modo que se hizo se lograron. La razón de este aserto radica en el enorme coste del pergamino, algo que hubiese hecho prohibitiva cualquier ambiciosa empresa en este sentido, entre otras cosas porque, a no dudar, los monasterios hubiesen preferido dedicar tales dineros a la atención de desvalidos y enfermos. Tal era la situación en el Occidente Católico de aquellos tiempos, compartida en buena medida por Bizancio, a pesar de que el registro arqueológico demuestra que allí no hubo nada parecido al parón del otro lado a partir de la segunda mitad del siglo siete. Cierto que encontramos pobreza en el Imperio de Oriente; también hay pruebas del abandono de algunas ciudades e incluso del advenimiento del sistema feudal, con todo lo que ello significa, pero siempre en un tono menor que en el Occidente Católico. No obstante, poco o nada de todo esto tiene aceptación universal en nuestro actual mundo académico, de manera que se hace necesario acudir al testimonio que sobre este tópico nos legó un tal Cirilo Mango: "Es difícil exagerar la catastrófica caída que tuvo lugar en el siglo VII", nos dice. Y sigue: "Cualquiera que lea la narrativa de los sucesos no dejará de verse sacudido por las calamidades que se abatieron sobre el Imperio, empezando por la invasión persa sobre el Asia Menor y el Egipto bizantinos nada más empezar el siglo y siguiendo con la expansión árabe cosa de treinta años después –una serie de reveses que arrancó al Imperio algunas de sus provincias más prósperas, concretamente Siria, Palestina, Egipto y, posteriormente, todo el Norte de África- dejándolo así reducido a menos de la mitad de su original tamaño y población. Pero la mera lectura de las fuentes narrativas solo sirve para dar una leve idea de las grandes transformaciones que tales sucesos provocaron... Para Bizancio, ello marcó el fin de una refinada manera de vida -la civilización urbana de la Antigüedad- y el comienzo de esa otra tan distinta que fue el mundo feudal medieval." (Cirilo Mango, Byzantium: The Empire of New Rome (Londres, 1981, pág. 4) C. Mango hizo hincapié en sus escritos en el virtual abandono de las ciudades bizantinas a partir de la segunda mitad de aquel infausto siglo, anotación confirmada por el registro arqueológico que casi siempre muestra "una drástica ruptura en el siglo VII, algunas veces manifiesta en la constatación del abandono de las ciudades a todo efecto práctico." Con el papiro y las ciudades también desapareció su elemento concomitante, la clase intelectual, de manera que tras la primera mitad pasa a ser un mero vestigio", nos dice Mango. A este propósito explica que lo que él llama "la catástrofe del siglo VII" se convirtió en el leit motif de la Historia de Bizancio a partir de entonces. El sangriento asalto final a Constantinopla por los turcos en 1453 supuso la destrucción de las pocas bibliotecas todavía en pie. A no dudar, los pocos textos salvados por los que huyeron de aquella atroz carnicería para refugiarse en el Oeste Católico resultó ser una pitanza del enorme caudal cultural desaparecido para siempre merced a las antorchas incendiarias de los musulmanes turcos. Así, allí y entonces se cerró el círculo de la devastación de la Cristiandad a manos de los conquistadores con turbante. ¿Y qué fue, podemos preguntarnos, del mundo islámico emergente en aquellas regiones del Oriente Próximo y del Norte de África, el núcleo duro que pasó a ser del nuevo imperio musulmán hasta nuestros días? Tanto o más que en 'Europa', hasta el primer cuarto del turbulento siglo VII, la Civilización Clásica estuvo viva y palpitante en las citadas regiones. Floreció en ellas la vida urbana y con esta la economía y las artes. La alfabetización era una fecunda realidad allí y entonces; y las obras de los historiadores, filósofos, matemáticos y físicos clásicos resultaban fácilmente accesibles para el público culto interesado y discutidas en los foros académicos y bibliotecarios que abundaban en aquel todavía vibrante mundo post-romano en ambas riberas del Mediterráneo. En Egipto, durante el siglo VI, filósofos de relumbrón, de la talla de Olympiodoro (muerto en el 570), presidieron instituciones señeras, tal como la Academia de Alejandría, dueña de una magnífica biblioteca sostenida con fondos públicos y depositaria de miles de volúmenes. De hecho, la Academia de Alejandría de aquel tiempo era el más ilustre centro del saber del mundo conocido, superando en posesiones librescas y en influencia la original fundada por Ptolomeo II. Los escritos de Olympiodoro y sus contemporáneos demuestran una estrecha familiaridad con las grandes obras de la Antigüedad Clásica con su profusión de citas de oscuros filósofos e historiadores cuya producción ya para entoces había desaparecido. La alfabetización de las masas era una realidad y, con ella, la afición a la lectura se veía alimentada por una legión de escritores profesionales que componían poemas, cuentos y novelas cortas. En Egipto, las obras de los grandes griegos, tales como Herodoto y Diodoro, eran ampliamente conocidas y citadas. Junto a estos dos, un autor nativo de nombre Maneto había escrito extensas historias del Egipto de los faraones, acercando a los ciudadanos de todo el Imperio aquella fascinante y antiquísima realidad. Todas las personas cultas sabían que fue Keops quien mandó construir la Gran Pirámide y que su hijo Kefrén hizo lo propio con la segunda en Giza y que, finalmente, Mikerino, nieto de este último, fue enterrado en la tercera y más pequeña del asombroso conjunto. La traducción al griego de los verdaderos nombres (Khufu, Khafre, and Menkaure) muestran una reveladora precisión, demostrativa del cuidado puesto en el respeto por la tradición oral, única manera entonces de llegar a un tal resultado. En la historia de aquel país escrita por Maneto, el ciudadano cultivado del Imperio pudo encontrar una detallada descripción del pasado, completada con una profunda cuenta de las hazañas de los faraones, sus monumentos y los nombres de los reyes que mandaron construir cada uno de ellos. 'Catastrófico' es el mejor calificativo que cabe aplicar al cambio experimentado en Egipto y las tierras adyacentes tras la conquista árabe. Prácticamente todos los conocimientos de aquellos países desparecieron de la noche a la mañana. Veamos qué tiene que decir, allá por el siglo X, el historiador árabe Al Masudi ('El Herodoto Musulmán' lo llamaron los suyos) de las pirámides de Giza y lo que concierne a su construcción: "Surid, Ben Shaluk, Ben Sermuni, Ben Termidun, Ben Tedresan, Ben Sal, uno de los reyes de Egipto antes del Diluvio construyó dos grandes pirámides, a pesar de lo cual fueron llamadas Shaddad Ben Ad [...] no fueron obra de los Aditas, ya que estos no pudieron conquistar Egipto y carecían de los poderes necesarios para tan alta empresa, poderes que los egipcios de aquel tiempo sí poseían por vía mágica [...] la razón por la que tal obra se llevase a cabo fue un sueño que tuvo el Surid trescientos años antes del Diluvio. En ese sueño vio cómo la Tierra se venía abajo y cómo sus habitantes yacían postrados sobre ella mientras las estrellas erraban fuera de su natural curso, chocando unas con otras en medio de un horroroso estruendo. Aunque profundamente afectado por semejante visión, el rey no se lo contó a nadie, pero era consciente de que un gran acontecimiento iba a ocurrir próximamente." (L. Cottrell,The Mountains of Pharaoh (Londres, 1956). Esta fabulosa narración es lo que pasaba por Historia seria en en el Egipto mahometano del siglo X. Otros escritores árabes hacen gala de similar nivel de ignorancia. Ahí está por ejemplo el comenario de un tal Ibn Jubayr, secretario personal del Gobernador de Granada, hecho en ocasión de una visita a El Cairo en 1182: "las viejas pirámides, de milagrosa construcción y de maravillosa presencia con sus imponentes siluetas de tiendas de campaña apuntando al cielo; dos en particular perturban el firmamento" [...]. Ibn Jubayr se preguntaba a continuación si acaso no fueran tumbas de los primeros profetas mencionados en el Corán, o quizás eran los inmensos graneros asociados a la figura del patriarca bíblico José... Pero al final llegó a la siguiente gloriosa conclusión "En suma, sólo Alá en su grandeza conoce la verdadera historia." (Andrew Beattie, Cairo: A Cultural History (Oxford University Press, 2005) p. 50) Nadie piense que esta insólita pérdida de conexión con la realidad histórica ocurrió de manera gradual. Tampoco la pérdida de la memoria histórica en Persia y Mesopotamia es atribuible a la pobreza o la ausencia allí de materiales libreros, tal como el papiro. El Califato establecido en el Oriente Próximo no era pobre ni carecía de los recursos indicados. Después de todo, Egipto, ubicado justo en el corazón del Califato, era y es fuente inagotable de papiro.. Y al conquistar aquellas regiones, los árabes entraron en posesión de ingentes tesoros, los que aquellos países populosos, ricos y venerables tenían en sus entrañas. El hecho de la desaparición de las Historias de países como Egipto, Siria y Babilonia según la habían dejado escrita los autores griegos sólo puede explicarse como un hecho destructivo deliberado; o, en una versión suavizada de tal aserto, mediante la retirada de los fondos de soporte de las bibliotecas y academias hasta llegar a su extinción. Pero es más probable la versión de la destrucción activa. ¿Cómo si no explicar la pérdida de TODAS las copias de Herodoto, Diodoro, Maneto y de todas las demás sobre la historia de los faraones legadas por los Clásicos, ello en un fenomenal corto espacio de tiempo? La impresión de la acción deliberada viene confirmada por lo que sabemos de otras áreas. Sabemos por ejemplo que desde un principio los árabes mostraron un absoluto desdén por la cultura e Historia de Egipto y todos los demás países colindantes conquistados por ellos. Inmediatamente después de tomar posesión de Egipto, el Califa estableció una comisión cuyo propósito era descubrir primero y saquear después las tumbas de los faraones. También sabemos que las iglesias y monasterios cristianos –muchos de estos repletos de tesoros culturales- sufrieron pareja suerte. Los grandes monumentos legados por los romanos y los faraones en aquellas tierras fueron demolidos y convertidos en canteras; y Saladino, el musulmán más ensalzado en tanta literatura y arte políticamente correctos, comenzó el proceso de explotación de los monumentos menores de Giza. De aquellas piedras surgió la ciudadela de El Cairo (1193-1198). Su hijo y sucesor, Al-Aziz Utman, llegó más lejos al acometer la destrucción de la mismísima Gran Pirámide. Afortunadamente, sólo tuvo éxito a la hora de arrancar la espesa capa de argamasa que la cubría y con ella las valiosas inscripciones sobre su extensa superficie. Llegado a la piedra desnuda, abandonó su nefasto propósito debido al costo de la obra. La pérdida de la noción del pasado ocurrió en todas la tierras conquistadas por los hijos de Alá. Llegados aquí sólo necesitamos resaltar el hecho de que, al final del siglo XI, el gran poeta y matemático persa Omar Khayyam ignoraba todo acerca de la ilustrísima historia de su propio país, llegando al extremo de adjudicar a un rey mágico que él llamó Jamshid el mérito de la erección de los grandes palacios que en realidad mandaron construir en Persépolis y Susa los grandes emperadores aqueménidas Darío y Jerjes. ¿Dónde queda después de esto el tan voceado respeto de los muslimes por el saber y la ciencia, propagado que contumazmente ha sido por la literatura (supuestamente) ilustrada moderna? Justo es reconocer que pragmáticamente y durante un tiempo limitado, los invasores árabes sí permitieron la supervivencia de partes de la ciencia y el conocimiento con que se encontraron en las grandes ciudades de Egipto, Siria, Persia y Babilonia; pero precisamente, como queda insinuado, sólo las que representaban alguna utilidad. Esto del carácter utilitario de determinadas ramas del saber es algo que admiten con franqueza los escritores islamófilos, concretando la lista en la física, la medicina y las matemáticas. Pero es definitorio eso de que el conocimiento haya de adquirir su derecho a la vida con la demostración de su utilidad. Pero es que aun este saber utilitario fue pronto sofocado bajo el peso de la teocracia islámica (promulgada por Al Ghazali en el siglo XI) que contemplaba el mismo hecho de la existencia de leyes científicas como una afrenta a Alá en tanto que ponía límites y trabas a su libérrima (y caprichosa) voluntad. Explicado queda cómo la mayor parte del vasto corpus de la literatura clásica simplemente desapareció de la faz de la tierra contolada por el Califato. Dicha queda la manera en que los árabes destruyeron el legado de la Civilización Clásica: bloqueo marítimo en el Oeste y destrucción sistemática y por tanto deliberada en el Oriente Próximo. Tales son las verdades de este cuento, no las que misteriosa o quizás solo sospechosamente circulan hoy más fuertes que nunca merced a los vientos de la corrección política. Epílogo: Todos recordamos la última película de Amenábar, aquella "Ágora" suya en que dramatizaba en el hecho aislado de la triste suerte corrida por la carismática Hipatia, maestra neoplátonica y por ello pagana, muerta en el curso de un motín instigado por una de las facciones políticas, ambas de corte cristiano, todo hay que decirlo, allá a mediados del siglo IV. Puesto que el (sesgado) mensaje del filme era la intolerancia religiosa, habida cuenta de que la Escuela Neoplatónica de Alejandría que en su propia casa había abierto esta virgen laica, la heroína de la película, siguió próspera y vigente hasta mediado el siglo VII (¿a qué suena esta datación cronológica?), hubiese sido más aleccionador y contundente que el ilustre cineasta vasco hubiera dirigido los focos a esa época en que los muslimes, precisamente ellos, sistemáticamente acabaron en nombre de Alá no sólo con todos los maestros de Egipto, los epígonos de la musa alejandrina incluidos, sino con la Escuela misma, convirtiéndola en un mero objeto arqueológico, rescatado catorce siglos después por Amenábar para lanzarle tremenda pulla la Iglesia Católica, que es la que le enseñó a él a leer...  
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Gil Sánchez Valiente

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