La Escuela de Astorga (Notas personales para una microhistoria cultural e intelectual)

11 Noviembre 2015
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1. Raíces y ramificaciones

Parafraseando el título de la obrita icónica de Luis Alonso Luengo, Ricardo Gullón y Leopoldo Panero, Guía sentimental y artística de la ciudad de Astorga (Imprenta Porfirio López, Astorga, 1929), estas notas pretenden ser las primeras de una serie que también podría titularse "Guía sentimental y artística de la Escuela de Astorga".

Pongo el énfasis en lo sentimental, por lo personal. Conocí a los tres autores. Muy brevemente, poco antes de sus respectivos fallecimientos, a Leopoldo Panero (por medio de mi madre, que tenía amistad con su familia) y a Luis Alonso Luengo (por medio de mi esposa, que estaba entrevistándole para una tesis doctoral). Muy extensamente a Ricardo Gullón, del que pude considerarme amigo, pese a la diferencia de edades, tras nuestro primer encuentro en Madison (campus de la Universidad de Wisconsin, Estados Unidos, otoño de 1973). Casi una década después tuve el gran honor de entregarle personalmente la Medalla de Oro de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, en Santander (verano de 1982), en un sencillo acto -por delegación del rector Raúl Morodo- en el que don Ricardo agradeció emocionado la distinción, ya que era la primera que recibía en España desde la Guerra Civil.

 

Como es sabido, la denominación "Escuela de Astorga" se debe a Gerardo Diego, que con tal título publicó un artículo en ABC (Madrid, 3 de marzo de 1948), y también, con algunas variantes y el mismo título, treinta y cinco años después, en El Faro Astorgano (Astorga, 1 de marzo de 1983). El mismo poeta y académico había dedicado asimismo sendos artículos a los hermanos Panero ("Juan Panero", ABC, Madrid, 21 de marzo de 1948, y "Leopoldo Panero", ABC, Madrid, 4 de abril de 1948).

Javier Huerta Calvo editó el volumen colectivo La Escuela de Astorga (Luis Alonso Luengo, Ricardo Gullón, Leopoldo Panero, Juan Panero), Astorga, 1993, con una treintena de ensayos de los participantes en un Congreso celebrado en la misma ciudad; con anterioridad, Augusto Quintana Prieto ya había publicado muy tempranamente el artículo "La Escuela de Astorga" (1948); más tarde, José Antonio Carro Celada publicaría el breve ensayo –primero conferencia- "Raíces locales de la Escuela de Astorga" (1982/1984), y Luis Alonso Luego otro titulado "La Escuela de Astorga vista desde dentro: pequeña historia de una nostalgia" (1984).

Existen bibliografías académicas sobre la Escuela y sus fundadores (principalmente sobre Ricardo Gullón y Leopoldo Panero) debidas a Luis González del Valle y Darío Villanueva (1984), Antonio Campoamor (1988), Florentino Trapero (1988), Ann M. Brown (1992), Miguel A. Olmos Gil (1993), Javier Huerta Calvo (2007), y Javier Huerta Calvo y Emilio Peral Vega (2010).

Igual que escribiera Gerardo Diego en 1948, "El arvolorio de Astorga sigue dando sombra templada y buena olor, como en tiempos de Juan Lorenzo Segura, el poeta casi seguro –y no es chiste- del Alexandre, el del buen mester..." El gran poeta de la Generación del 27 se refería en sus artículos a "la nueva escuela poética de Astorga", pero en el "arvolorio" o arboleda han crecido muchas otras plantas y ramas.

Entiendo hoy la Escuela de Astorga como una consolidada tradición literaria y cultural, plural y polifónica, de astorganos (nativos y residentes, circunstanciales o sentimentales) que habiendo bebido en las fuentes originales de los fundadores y respirado la atmósfera de la vieja ciudad provinciana (de "buena olor" según el poeta medieval), han evolucionado por múltiples senderos de la vida artística e intelectual.

Aparte de las raíces, es decir, los fundadores Luis Alonso Luengo (1907-2003), Ricardo Gullón (1908-1991), y los hermanos Juan y Leopoldo Panero (1908-1937 y 1909-1962, respectivamente), cuyas memorias y obras nos inspiran permanentemente, debo mencionar las ramificaciones, algunos nombres de los hijos y nietos intelectuales de la Escuela, aunque soy consciente –y pido disculpas por ello- de que varios se escapan a mi recuerdo.

En primer lugar los herederos cronológicamente inmediatos, de sobrado prestigio: Lorenzo López Sancho, Eugenio de Nora, Bernardo Velado Graña, Augusto Quintana Prieto, los hermanos Esteban y José Antonio Carro Celada, e incluso el vecino poeta bañezano Antonio Colinas que, en sus propias palabras referidas a Leopoldo Panero, tiene "el don de haber compartido con él una misma tierra, unos mismos espacios... (descubriendo) los signos y símbolos del poeta... Esos símbolos de la tierra y los cielos que -cuando todo falla en nuestras vidas- son como faros, nos ayudan a seguir".

Seguidamente los hijos biológicos dedicados a los menesteres literarios: los hermanos Juan Luis, Leopoldo María y José Moisés "Michi" Panero (poetas y prosistas poéticos) y Germán Gullón (crítico literario y novelista).

A continuación, otros poetas y escritores de sucesivas generaciones: los hermanos Generoso García Castrillo y Jesús García Castrillo (éste también notable filólogo, ensayista y novelista), Martín Martínez, Juan José Alonso Perandones, Javier Huerta Calvo (a mi juicio un importante crítico literario, catedrático universitario, especialista imprescindible en Leopoldo Panero y Ricardo Gullón), otros poetas –hay muchos en esta categoría- y críticos dispersos como José Megías Aznar, Adolfo Alonso Ares, César Martínez Callejo, Juan Manuel Martínez Valdueza (también editor, con Catalina Seco, de algunas obras sobre la familia Panero), etc., el brillante novelista Andrés Martínez Oria, y asimismo artistas plásticos como los hermanos Palmero Alonso -Ramón (pintura y escultura) y Andrés (fotografía)-, aunque en esta materia compleja dispongo de menos información. También algunos practicantes del ensayo histórico o político, de temática asturicense, nacional o internacional, como Francisco José López Becerra, Arsenio García Fuertes, el antes mencionado Juan Manuel Martínez Valdueza, y este modesto escriba que ocupa ahora la atención del amable lector.

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